Una serpiente
-DICE una fábula- comenzó a perseguir a una luciérnaga.
Ésta huía rápida y con miedo, y la serpiente, al
mismo tiempo, no se rendía. Huyó un día, dos días.
La víctima, cansada de esquivar a la serpiente, le hizo varias
preguntas: ¿soy comida para ti? Y la serpiente le respondió:
¡no!; ¿te he hecho algún mal? -volvió a cuestionarle-,
¡no!, respondió el reptil. Entonces -concluyó la
luciérnaga-, ¿por qué quieres acabar conmigo? Y
respondió la serpiente: ¡Porque no soporto verte brillar!”
Es sólo una fábula, pero ilustra perfectamente las razones
del acoso escolar o del también denominado bulling.
Incluso las cualidades positivas de un igual molestan o fastidian. Ya
no se maltrata por tener tal o cual defecto, ahora la víctima
puede ser cualquier escolar. El que tenga mejores notas, el que proceda
de una clase social media-alta, o bien baja, o tan sólo por ser
más afortunado físicamente que el resto de compañeros.
La violencia en la escuela ha existido siempre, pero ahora la sociedad
está más sensibilizada sobre sus efectos. Sobre todo a
raíz del suicidio de Jokin, un joven de 14 años y de Hondarribia
que el 21 de septiembre de 2004, tras sufrir el acoso y maltrato de
sus compañeros, se quitó la vida. Este hecho abrió
el debate acerca de la necesidad de luchar contra el maltrato escolar
y de no considerarlo algo “normal”, puesto que se lesionan
derechos fundamentales del alumnado: derecho a ser tratado con dignidad
y a estar seguro en la escuela y a evitar que los colegiales sufran
daños psicológicos o físicos.
El asedio se manifiesta cuando el alumnado se ve expuesto, de forma
repetida y durante un tiempo, a diferentes formas de maltrato por parte
de un compañero, compañera o grupo, de manera que la víctima
está en una situación de inferioridad. Por supuesto, hay
que saber diferenciar este hecho de las conductas criminales, que deben
denunciarse en las instituciones adecuadas, como agresiones con armas,
robos o situaciones en las que la víctima corra peligro.
Esta situación no debe tampoco confundirse con agresiones esporádicas
u otro tipo de violencia que no suponga inferioridad por parte de uno
de los participantes.
El bulling se identifica como una agresión física,
psicológica o relacional. En este caso, no tiene por qué
haber una provocación por parte de la persona acosada, aunque
sí por el agresor o los agresores. Para que se identifique como
maltrato, tiene que haber una reiteración de los comportamientos
a lo largo del tiempo, además de un desequilibrio y abuso de
poder que impida al afectado poder salir por sí mismo de la situación.
El acoso escolar no siempre se puede detectar, pero existe un grave
riesgo si no se identifica a tiempo. Está casi siempre oculto
para los padres, pero es bien conocido por el alumnado. Lo importante,
tras su identificación, radica en ver cómo afecta al más
débil para poder así ayudarle a superarlo y que no tenga
efectos negativos en su vida diaria y en su futuro.
Problema de socialización
Este tipo de violencia no tiene sexo. Afecta por igual a los chicos
y a las chicas de todas las clases sociales y de todos los centros educativos.
En el fondo, según los psicólogos, subyace un problema
de socialización de la población más joven que
se refleja en todos los ámbitos. El centro escolar no es responsable
de acoger situaciones de violencia, pero sí de su resolución.
Según los datos facilitados por la Consejería de Educación,
si hubiera que caracterizar a un acosador tipo, éste sería
impulsivo, egocéntrico, irritable, sin empatía, con pautas
educativas inadecuadas, que recurre a la violencia como solución,
como diversión, o lo que es aún peor, que disfruta con
el sufrimiento ajeno. De no atajar o reeducar a un acosador, éste
puede sufrir trastornos de personalidad o protagonizar futuros actos
delictivos.
La víctima, en cambio, aunque hay varias tipologías, suele
ser una persona que mantiene una relación normal con el profesorado,
se caracteriza por su inhibición, timidez y descontento con su
vida personal. También puede ser una persona perfectamente normal,
como sucede con la fábula de la luciérnaga y la serpiente.
En este último caso, es más difícil saber si padece
maltrato.
Según un informe realizado en 2006 por el Defensor del Pueblo
sobre la violencia escolar, el 12% de las víctimas de acoso escolar
no se lo comunica a nadie. Por este motivo, las señales de alarma
son: manifestar signos de violencia sin explicación, comportamientos
de huida o evitación, comportamientos públicos de inseguridad,
ansiedad o malestar emocional, disminución del rendimiento académico
o que faltan cosas personales con frecuencia.
Respecto al escenario habitual de las situaciones de acoso, cada tipo
de agresión, según los expertos, se corresponde con diversos
escenarios: una clase sin profesor, los recreos y patios, baños,
pasillos, el comedor o los exteriores del centro.
Activar a los testigos
Además del acosador y la víctima, en este escenario, los
testigos del hostigamiento suelen ser personas pasivas, como sucede
en muchas situaciones en nuestra sociedad. Actúan así
por miedo a represalias, porque piensan que no es su problema, porque
temen ser rechazados por chivatos o porque no saben cómo actuar.
En estos casos, el reto de la Consejería de Educación
es precisamente implicar a esos testigos para evitar que adopten actitudes
pasivas ante la injusticia.
Si se identifica un caso de maltrato es fundamental actuar con urgencia
para que la víctima, que en una fase avanzada puede incluso verse
como causante del problema, experimente un cambio de conducta e incluso
vea como posible salida acabar consigo mismo o con los acosadores.
Por este motivo, en Canarias, la Consejería puso en marcha en
2006 un Plan de Actuación contra el Acoso Escolar con tres pilares:
prevención, sensibilización e identificación del
maltrato mediante medios ordinarios y extraordinarios (buzón
de denuncias, encuestas entre alumnos para identificar casos de violencia,
etcétera).Una vez que se detecta un caso, se pone en marcha un
protocolo de actuación para reparar el daño y hacer un
seguimiento, siempre en colaboración con el centro escolar y
las familias.