nº 13
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  Todavía hay personas que piensan que colaborar como voluntario en una organización es una tarea costosa, demasiado exigente y hasta desagradable. Nada más lejos de la realidad. Un voluntario no tiene por qué ser esa persona sufrida que se sacrifica, aún a riesgo de su propia salud o bienestar, para irse a un país remoto a ayudar a los pobres. Aunque también los hay que están dispuestos a renunciar a las comodidades por el bien de los demás. El voluntariado ofrece un gran abanico de posibilidades de participación que pueden adaptarse a las diferentes realidades de los jóvenes.
     

 

Si alguna vez has considerado la idea de ser voluntario pero no te has decidido a dar el paso porque no tienes claro dónde puedes encajar, piensa en qué es lo que te gusta, cuáles son tus aficiones, y posiblemente darás con la respuesta. Es cuestión de buscar: siempre hay una asociación o grupo que vaya con tus intereses y es muy difícil que no necesiten una mano para algún proyecto. Ahí es donde entras tú. No sólo es una forma de aprender y contribuir a la causa en la que crees, sino de relacionarte con gente que se mueve en tu misma onda.
En las siguientes líneas conocerás a tres jóvenes que han conseguido integrar el voluntariado en sus vidas diarias sin tener que hacer grandes cambios en sus agendas.

 

 

Limpieza del fondo marino

La actividad como voluntaria de Jessica De León vino por su afición al submarinismo, deporte que lleva ya algún tiempo practicando y que le ha hecho especialmente sensible al estado de nuestras costas. Buceando, se dio cuenta de lo poco que se cuida lo que no se ve y si las playas a veces parecen verdaderos vertederos de basura, el fondo marino ni se diga. Por esa razón, este año comenzó a participar en acciones de limpieza bajo el agua.

     
“Los submarinistas somos las personas adecuadas para hacer ese trabajo, que no lo puede hacer cualquiera. Yo me animé porque las playas necesitan un cuidado especial, que normalmente nadie tiene en cuenta, para que todo el mundo pueda disfrutar de ellas”, explica. ¿En el fondo del mar? Hay de todo, pero sobre todo botellas y latas viejas en las zonas más cercanas a la orilla, más lo que llega de las limpiezas que hacen los barcos al pasar. “Alguien tiene que sacar toda esa basura de ahí”.
Lo suyo es un voluntariado puntual. Ni reuniones, ni citas semanales, ni responsabilidades. De cuando en cuando, se organizan limpiezas generales de los fondos marinos a los que no tiene más que apuntarse, coger su equipo de buceo y ponerse manos a la obra, un día a una hora en un lugar, en coordinación con el resto de los voluntarios. Entre el desplazamiento, la inmersión y la charla posterior con los compañeros, no hay limpieza que dure más de medio día. Es la mejor combinación posible: mínimo tiempo invertido con un resultado más que positivo.
   
 

Por el medio ambiente

Irene García es una joven de 24 años enamorada de la naturaleza, razón por la que estudió la carrera de Ciencias Ambientales. Desde hace un año colabora con una organización ecologista a la que conocía de oídas y le había llamado mucho la atención porque eran muy activos y defendían los mismos valores en los que ella cree.
Su labor dentro de la organización es la de hacer “cosas chicas” para las que no necesita emplear mucho tiempo. “Tenemos una reunión a la semana, en la que hablamos de la problemática del medio ambiente y de las novedades que han surgido durante la semana anterior. Si, por ejemplo, organizamos una charla, los voluntarios nos encargamos de pegar carteles para darle publicidad. En el caso de que haya una protesta, repartimos panfletos para informar a la gente.
Irene es optimista y está segura de que su labor tiene un resultado que se ve “muy poco a poco”, pero que va saliendo. “Desde que soy voluntaria, además, he notado que cada vez hay más personas que se animan a colaborar; parece que se va extendiendo la conciencia de que no nos queda más remedio que cuidar lo que tenemos”. No obstante, echa de menos que haya más jóvenes dispuestos a ayudar en alguna causa: “hay gente muy metida en lo suyo, que si el trabajo, las clases... Hay más ganas de fiesta que de tomar responsabilidades. Sí es cierto que al principio cuesta apartar un poco de tiempo para el voluntariado, pero merece la pena. Además, nadie te obliga a nada. Tú eres el que pones los límites y decides hasta qué punto quieres involucrarte”.

 
 

Actividades para niños

Todavía estudiando la carrera de Educación Social, Santiago Pérez Sánchez empezó a participar esporádicamente en la parroquia de su barrio. Hace algo más de un año se interesó por colaborar en un proyecto de tiempo libre con niños de 8 a 12 años. Justo por esas fechas, le pidieron un trabajo sobre niños de esas edades para una de sus asignaturas. Y, por si fuera poco, le apetecía coincidir con otros jóvenes con las mismas inquietudes, así no se lo pensó más. Desde entonces, todos los jueves, él y otros voluntarios organizan juegos y otras actividades con los que los chavales se divierten y aprenden a relacionarse.
“Estoy satisfecho del trabajo que hacemos. Es estupendo ver que los niños están motivados y con ganas de que llegue el jueves de cada semana. En parte, empecé de voluntario porque veía que se necesitaba gente que echara una mano. Dentro de la juventud hay de todo, los que se involucran y los que pasan; el problema es que los jóvenes tenemos muchas ocupaciones y muchas veces se priorizan otras cosas, pero creo que hay tiempo para todo”, asegura.